Jesús sanaba tocando al enfermo, al impuro, al excluido. Él se dejó tocar y nunca rehuyó el contacto corporal. Todos –o al menos una gran mayoría de nosotros– tenemos la experiencia de abrazos o caricias que nos han salvado y curado, y que nos han acercado la presencia amorosa y salvífica de Dios. Y, ahora, gracias al Covid-19, el contacto vital puede resultar contacto mortal, pues nos hemos convertido en una amenaza los unos para los otros.

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