Hace unos días releía un artículo del inolvidable José Luis Martín Descalzo, que me acompañó desde muy joven y que lleva por título ¿A qué derrota llegas, muchacho? En él se hace referencia a un pequeño texto de Albert Schweitzer, que dice así: “Lo que comúnmente nos hemos acostumbrado a ver como madurez en el hombre es, en realidad, una resignada sensatez. Uno se va adaptando el modelo impuesto por los demás al ir renunciando poco a poco a las ideas y convicciones que le fueron más caras en la juventud. Uno creía en la victoria de la verdad, pero ya no cree. Uno creía en el hombre, pero ya no cree en él. Uno creía en el bien y ahora no cree. Uno luchaba por la justicia, pero ahora ha cesado de luchar por ella. Uno confiaba en el poder de la bondad y del espíritu pacífico, pero ya no confía. Era capaz de entusiasmos, pero ya no lo es. Para poder navegar mejor entre los peligros y las tormentas de la vida se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables. Pero que eran justamente sus provisiones y sus reservas de agua. Ahora navega, sin duda, con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed.”

Después de leerlo, una vez más, no puedo dejar de preguntarme ¿A qué derrota has llegado, Ricardo? Hasta qué punto he ido renunciando a las ideas y convicciones de mi juventud, a aquellas que me llevaron a querer ser fraile predicador. ¿Hasta qué punto sigo creyendo en el ser humano, en el bien, en la justicia, en la bondad y el espíritu pacífico? ¿Hasta qué punto sigo enamorado de Jesús de Nazaret y de su Evangelio? ¿Acaso he ido aligerando mi embarcación, arrojando por la borda mis reservas de agua, lo más preciado y valioso que poseía?

Hoy me pregunto cuánto queda en mí de la pasión y el enamoramiento de aquel novicio que pasó un año en Caleruega, o cuánto permanece -a pesar de toda la insensatez y ‘locura’, que seguro que las hubo- de la valentía y el entusiasmo de aquel estudiante de Filosofía en Valladolid o de Teología en Salamanca y Madrid.

¿Acaso es verdad eso de que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad? ¿Acaso los años te llevan irremediablemente a claudicar, a aburguesarte, a renunciar a los sueños?

Jesús dice que si no nos hacemos como niños no entraremos en el reino de Dios. No nos invita a ser infantiles, sino que nos habla de sacudirnos del alma la desconfianza, el cansancio, la modorra que nos aportan los años, la vida, tal vez, las derrotas. Recuperar la ingenuidad lúcida. Seguir creyendo y amando y esperando, a pesar de todo. Como dice Luis Rosales: ‘Un puñado de pájaros contra la gran costumbre’. ‘Envíanos locos’ rezaba el P. Lebret. Sí, recuperar la locura del Evangelio, del Dios de Jesucristo, loco de amor por el ser humano.

Es así como se comprende la dedicatoria de Antoine de Saint-Exupery en El Principito:

(A León Werth)

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande.
Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo.

Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo; incluso los libros para niños.

Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío.

Tiene verdadera necesidad de consuelo.

Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo.

Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria:

(A León Werth, cuando era niño).

Pues hoy le escribo al niño que fui, en la confianza de que aún perviva algo de él.

Ricardo Aguadé. Dominico