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Sinopsis

Un escritor norteamericano algo bohemio (Owen Wilson) llega con su prometida Inez (Rachel McAdams) y los padres de ésta a París. Mientras vaga por las calles soñando con los felices años 20, cae bajo una especie de hechizo que hace que, a medianoche, en algún lugar del barrio Latino, se vea transportado a otro universo donde va a conocer a personajes que jamás imaginaría iba a conocer… (FILMAFFINITY)

Comentario

Vaya por delante que soy muy poco fan de Woody Allen. De sus pelis antiguas no me gustan casi ninguna (he visto dos o tres y no he querido ver más…) y de las actuales he visto igualmente sólo dos o tres contando ésta que hoy les comento.

Hablando con grandes admiradores de Woody, me dicen que lo que más me gusta de sus pelis es lo que menos representa a su cine, así que no se si realmente me gusta Woody Allen, pero aún así tengo que decir que sus pelis actuales (quitando la de Vicky, Cristina, Barcelona… ni pude terminarla de lo mala que me pareció…) me gustan. Me hacen pensar, me entretienen, me hacen soñar, me emocionan… eso es la magia del cine, desde luego… y con Midnight in Paris me ha sucedido lo mismo… me ha parecido deliciosa…

El protagonista es un escritor principiante pero con una vida ya más bien transitada. Una crisis de la treintena, una vida que parece no llenarle bastante, una imaginación literaria y un marco genial, es todo lo que necesita para desbocarse… o para encontrarse por fin. A punto de casarse, hace un viaje con su novia y la rica familia de ésta a su adorada e idealizada París. Pero el París que tiene en su mente no es sólo el que ve ante sus ojos, él sueña con esa ciudad en un tiempo anterior, un mundo ya pasado, ese París de los años 20 en el que, para él, la vida era más hermosa, más viva, más interesante… ese París de Scott Fitzgerald, Edith Stein, Picasso, Hemingway, Belmonte, Cole Porter, Dalí, Buñuel, Man Ray… ese París idealizado por los yanquis de un modo mitomaníaco y que Allen retrata con todos los tópicos del imaginario colectivo de una manera que sólo un gran director de cine podría hacer, tópicos y más tópicos que no sólo no estorban la película, sino que la hacen repito que deliciosa.

Ese París de los años 20 es un mundo que, por contraste al suyo -ese mundo ideal se le aperece en las noches, mientras que de día vive su cotidianeidad de turista en el 2010- destaca todo lo vacío de su propia vida, se le enfrenta al suyo propio con sus relaciones y personas poco interesantes, vacías, vacuas, materialistas, engañosas, blandas, falsas… en fin, con una vida que le sabe a poco.

Ese mundo le da, en las noche, en su imaginación, en la literatura, en el cine, todo lo que no tiene el otro… arte, literatura, emoción, diversión, interés, hondura… hasta amor… conoce a una mujer que es todo lo contrario a su prometida… pero ahí mismo, en ese mundo perfecto descubre que esa mujer -fantástica Marion Cotillard- sueña también con París… pero con otro París aún anterior, el de la Belle Epoque, el del cambio de siglo, el de Degas, el can-can, Maxim´s,  el Moulin Rouge y Toulousse-Lautrec…

Una historia, sencilla y evocadora, que trata de hacernos caer en la cuenta del síndrome de la Edad de Oro, ese espacio-tiempo idealizado y soñado de un mundo distinto al nuestro, y que nuestra imaginación coloca como la suma de todas las posibilidades, bondades, anhelos, sueños, emociones  y venturas…

El síndrome de la Edad de Oro se vincula sobre todo a lo histórico y temporal -el París de la Belle Epoque o de los años 20 en esta peli- pero muchos de nosotros hemos mirado buscándola a  otros tiempos e historias: la Edad Media, Roma, el siglo XIX, el Renacimiento, el siglo XVIII… a cada cual según su imaginación… creo que de ahí nacen las novelas históricas y los mismos historiadores…

Pero tengo bastante claro que ese síndrome no es sólo temporal (otra época…), no sólo sobre la historia se dá  la búsqueda de una Edad Dorada. La huida es también espacial (otra ciudad…), es social (otras relaciones o amistades…), es material (otro trabajo, más dinero…) porque esa huida, toda huida, todo sueño de vidas totalmente distintas a las que tenemos es en el fondo una huida vital… soñar con otra vida que fuese esa vida donde seríamos totalmente felices… huir del presente en busca de un sueño, de esa Edad Dorada… que no sólo nunca existió sino que es posible que nunca jamás exista…

Se nutre ese síndrome y esa huida de una conciencia de insatisfacción de lo que tenemos, de lo que vivimos, de lo que hay… se nutre de que nunca conseguimos cuanto queremos, nunca tenemos todo lo que nos gustaría tener, nunca alcanzamos todos los proyectos, nunca salen las cosas siempre como queremos, nunca el mundo es como nos gustaría a nosotros que fuese… se nutre de la decepción de nuestros sueños, de la decepción de nuestras posibilidades, de la decepción de nuestros proyectos… se nutre en el fondo de la realidad misma, de que, en el fondo, toda vida es insatisfactoria siempre… y ésa clave es la de la realidad.

Estamos hechos -ontológicamente, espiritualmente, religiosamente para que se me entienda- para tenerlo todo, para todo, para ser completa, total, absolutamente felices… nuestro deseo es siempre de más, de todo, de lo máximo… y en esta vida eso no es posible. Las limitaciones inherentes a nuestra vida, a nuestras opciones, a nuestros compromisos, a cosas que no queremos renunciar -porque las sabemos importantes, porque las asumimos en responsabilidad, porque nos gustan, porque nos sentimos llamados a más que a nosotros mismos…- nos hacen a veces experimentar en toda su claridad la limitación de esta vida, de nuestra vida… que provoca esa irrenunciable dimensión de insatisfacción que tiene la vida… insatisfacción y decepción que si no se canaliza, si no se interioriza, si no se aprende a llevar, a vivir, a aceptar, termina en frustración y en amargura, en una vida inútil, perdida, vacía… pero que aprendiendo a convivir con ella, aceptándola, cambiando las actitudes que nos empujan a vivir más pendientes de lo que nos duele, de lo que no tenemos, de las limitaciones, los sufrimientos y las insatisfacciones, por actitudes que ven, valoran, sitúan y hacen crecer lo que sí que hay, lo que sí que se puede, lo que sí que nos hace crecer, vivir, y disfrutar… entonces esa limitación en cualquier vida puede suponer también -pese al dolor, pese al sufrimiento que supone- una posibilidad de crecer, de vivir más libre y conscientemente, de aprovechar más las cosas como son, cuanto existe como es, no como nos gustaría que fuese…

La escena final de la película abre a las posibilidades de las que está preñada nuestra propia vida. Nos dice que en el fondo ésta y no otra es nuestra Edad Dorada, éste y no cualquier lugar imposible es en el que podemos ser felices… ciertamente con cambios, buscando algo de felicidad, haciendo lo que haya que hacer, arriesgando en lo que haya que arriesgar, cambiando a veces, pero en el fondo asumiendo que la Edad de Oro no existe… que aquí y ahora está nuestra Edad Dorada, que la vida que tenemos es la mejor vida que podríamos tener, porque realmente es la única que tenemos.

Fr. Vicente Niño Ortí, O.P.