Tenemos que empezar a mojarnos con un lenguaje directo, político a la vez que evangélico, sobre los problemas del presente, sin liturgias evasivas, sin pantallas protectoras, sin escapismos espiritualistas. Ya no vale ir de ‘sabelotodo’, con aire clerical y con respuestas en conserva que poco o nada tienen que ver con el mundo y con la vida de la gente