Quiero confiaros que no hay nadie a quien me gustaría más confiar mis sufrimientos que a vos, ya que vos estabais siempre dispuesto a venir en mi ayuda cuando yo lo necesitaba.

-Fragmento de una carta de la beguina Cristina Stommeln al dominico Pedro Dacia, s. XIII

Me llamo Teresa, Comba, “de saltar”, como solía especificar mi abuelo, cuando iba al banco mientras yo miraba, fascinada, la escena desde el mostrador, que me llegaba a la altura de los ojos. “De saltar”, sí, sí. – decía con mirada divertida, haciendo círculos en el aire como si tuviera una cuerda. Este gesto lo integró también mi padre, como tradición de familia y posteriormente yo misma, para evitar que nos bautizaran de nuevo con palabras más aburridas como: “camba”, “combo” y demás “creatividades”, porque a veces nos pasa que cuando escuchamos algo nuevo que nos sorprende, tendemos a convertirlo en algo más corriente o aséptico.
Mi bisabuelo mi abuelo, mi padre, pronunciaban con orgullo este apellido: “Comba”, sin hacerse problema de que fuera un apellido “poco masculino”, por ser un juego tradicionalmente desarrollado por niñas. Así, fui sintiendo que ellos valoraban lo femenino. Creo que se reconocían parte de ello, lo sentían suyo. Quizás como yo siento en mí su sangre y me siento parte de ellos…
Por parte de mi abuela, los hombres de la familia fueron todos artistas, pintores en su mayoría y un músico. Fueron hombres sensibles, despiertos, muy apasionados y tiernos. Desde Eduardo Rosales, pintor del siglo XIX, pasando por Miguel Santonja, profesor de música, luego por el tío Eduardo, su nieto, que pintaba e ilustraba cuentos, hasta mi padre, que también pintaba y tenía un don especial para admirar la belleza de lo creado y reconocer ahí la Trascendencia.
Recuerdo alguna ocasión en la cual, desayunando en el jardín de la casa de verano, se quedaba mudo, contemplando los abetos de color azulado, verde hoja seca, verde ultramar…etc. y me comentaba: “Mari Tere, mira, mira qué gama de colores tienen estos abetos…Y se quedaba callado, disfrutando de aquella vista, y finalmente me decía: Que hermosa creación la de Dios…Y con gesto provocador decía: ¡que venga el hombre y lo mejore!”.
Pues sí, hace algún tiempo apareció en los cines un thriller, inspirado en la primera obra de la trilogía Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, titulada: “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Sí, se trata de algo que conocemos, porque diariamente podemos leer en los periódicos, o ver en la televisión muchos ejemplos de ello y tengo que reconocer que me entristece y me inunda el desánimo y la pena cuando lo veo. Por eso, me empezó a rondar la idea de preguntarme por esta otra: “Los hombres que sí amaban a las mujeres”. Porque incluso en la primera obra podemos ver signos que apuntan al segundo título, puesto que aparece un periodista que sí las amaba y que colaboraba con la protagonista en la investigación del terrible caso que tenían entre manos, arriesgando incluso su vida.

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En la historia de la espiritualidad cristiana católica, ha habido y hay hombres que acompañaron, amaron y apoyaron a mujeres espirituales, sabias, que a menudo tuvieron dificultades, simplemente por querer mantener una relación de amistad con Jesús de Nazareth y recrear en ellas su seguimiento.
Me emociona imaginarme a san José, por ejemplo, un hombre de fe, que escuchó a Dios y se fió de Él, y acompañó, amó y cuidó a María, sin tratar de quitarle espacio, ni ignorarla, ni someterla a su voluntad. Un hombre respetuoso, auténtico y libre: Amigo, compañero y cómplice en una experiencia de Trascendencia y Misterio que tanto a ella como a él tuvo que sobrepasar…Y claro, con este padre pensaba- podía entender algo mejor una de las novedades radicales para su tiempo que vivió Jesús de Nazareth, su valoración e inclusión de las mujeres en su discipulado, en un momento en el que en el Judaísmo, a las mujeres no les estaba permitido el leer la Torah, ni salir solas a la calle, JUNIO 2017 sin un hombre, ni menos ser discípulas de un Maestro. La gran revolución de un Dios que se hace humano y que busca ante todo el amor a la persona, sin distinción de raza, género o condición social, en un momento en el que el Imperio Romano asentaba sus fundamentos en un orden social patriarcal, y en el que la esclavitud era un gran pilar económico… ¿Cómo no iba a resultar Jesús, y posteriormente los primeros cristianos, gente inquietante para el Imperio Romano?
Y ya en el siglo VII, me conmueve la capacidad de Valerio, abad de un monasterio del Bierzo, de valoración y admiración de Egeria, una monja gallega que nació hacia la segunda mitad del siglo IV, de origen noble, posiblemente hija del conde Egerio, tío paterno del Emperador Teodosio, con el que posiblemente compartió parte de una difícil, peligrosa y larga peregrinación espiritual hacia los santos lugares. Valerio, a través de su diario, valora la fuerza de su deseo, su resistencia, pero sobre todo, lo que más le admira y por lo cual la pone de ejemplo y estímulo en una carta a sus monjes, es la profundidad de su vivencia del Evangelio: ¿Quién podrá pensar cuál era en su alma el valor de la más alta caridad, que la hacía moverse como las olas; cuál el fervorosísimo ardor de su esperanza divina y de la fe que la abrasaba, a quien no cansaron los viajes por todo el mundo, ni detuvieron los turbulentos mares y ríos caudalosos, ni amilanaron la inmensa altura (…) ni amedrentó la ferocísima crueldad de las gentes impías, hasta conseguir plenamente, con la ayuda del Señor, todo lo que había deseado con devoción, hasta el fin, con audacia indomable?
En los siglos XIII y XIV algunos dominicos cultivaron hermosas relaciones de amistad con monjas y beguinas, apoyando, potenciando y valorando su experiencia espiritual.

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Vemos a Henri Suso (1293-1399), dominico, un hombre con un rico vínculo materno que le sostuvo y le ayudó a sacar lo mejor de sí, de modo que fue capaz de vivir una fe muy marcada por metáforas femeninas de Dios. Él gustaba dirigirse a Jesús a veces como tal y otras como la “Eterna Sabiduría”, imagen que recogió de los pasajes del libro de la Sabiduría que escuchaba cotidianamente en el refectorio, mientras comía o cenaba. Esta admiración y cariño hacia lo femenino le ayudó a desarrollar una profunda amistad con la dominica Elsbeth Staghel, mujer inquieta y profunda con una experiencia espiritual significativa, que compartió su vida de oración con él, con otros sacerdotes, beguinas y hermanos dominicos en el llamado grupo de “los amigos de Dios”.
Podemos ver también al dominico Enrique de Halle (s. XIII) que reunió y puso por escrito los seis primeros libros de La luz fluyente de la Deidad, obra de gran profundidad que narra las vivencias espirituales de una mística beguina llamada Matilde de Magdeburgo (1207-1282), de quien fue amigo y confesor. Ella sufrió persecución por parte de los clérigos de Magdeburgo, por denunciar sus desórdenes, y además un grave peligro, puesto que se corría la voz de que uno de sus libros podía ser quemado: Me advirtieron de que tuviera cuidado con este libro y los hombres me amonestaron: ¡Si no quería renunciar a él, sería consumido por el fuego! Entonces hice lo que había hecho desde niña, cuando estaba triste, y me puse a rezar. Me dirigí a mi Amado y le dije: “Ay, Señor, ahora que he sigo golpeada por tu honor, ¿tendré que quedar sin tu consuelo? Tú me llamaste y me empujaste a escribir. Enrique, sin embargo, la apoyó, animándola en 1250 a ponerlo por escrito y defendió su proceso espiritual en el prólogo de esta obra, aludiendo a cómo el Espíritu Santo eligió a diversas mujeres en el Antiguo Testamento para comunicarles sus secretos. Eligió lo débil del mundo para confundir a los fuertes-dice afirmando así cómo Dios se manifiesta del mismo modo a hombres, que a mujeres. Cuando ella comparte su experiencia mística con él, que durante muchos años había silenciado por miedo a que no fuera entendida o incluso perseguida por ello, él la llena de confianza, diciéndole que el Señor que la había atraído hacia Él, la guardaría en todo momento. De hecho, él también estuvo a su lado y cuando llegaron momentos realmente peligrosos para ella, la animó a refugiarse en el monasterio cisterciense de Hefta, acompañado espiritualmente por dominicos. Él y sus compañeros se dedicaron a escribir las copias de su obra, encargándose el mismo Enrique de editarlas. Ante ello, Matilde, siendo consciente del peligro que corrían al hacerlo, escribe: Ay, Señor, anhelante suspiro y te pido por los copistas que han escrito el libro después de mí, para que les des en recompensa tu Gracia, que nunca estuvo vedada a los hombres. Pues, Señor, tus dones son mil veces más que las criaturas que pueden recibirlos.

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El dominico sueco Pedro Dacia (1235-1289), amigo entrañable de la beguina Cristina Stommeln (1242-1312), quedó fascinado y admirado por su honda experiencia espiritual y la visitó en numerosas ocasiones, desarrollando una amistad rica y un compartir de fe, que a ambos ayudó, que ha llegado hasta nosotros gracias a las cartas que de los dos que se conservan. Resulta interesante la vivencia tan natural que se tenía en la Orden dominicana de la amistad, ejemplo de lo cual es que, cuando Cristina pasó por un momento de penurias económicas, podemos leer en la carta de Pedro la ayuda que desde su comunidad, que apreciaba mucho a Cristina, le ofrecieron: El hermano Mauricio, que os entrega esta carta, y el prior Bertoldus os envían doce esterlines sólidos. Debéis saber también que el prior Bertoldus os tiene gran afecto, y espera sinceramente que vos misma vengáis a nuestro país junto con vuestro hermano, ofreciéndose a daros a vos y a vuestro hermano todo lo que necesitéis para vuestro mantenimiento, es decir que vos y vuestro hermano podéis estar tranquilos.
Como ellos, en la historia de nuestra espiritualidad ha habido muchos hombres, conocidos o anónimos, algunos laicos (solteros o casados), otros sacerdotes, otros religiosos con espiritualidades como la carmelitana, la ignaciana, la lasaliana…etc., misioneros, obispos, otros papas…etc., que, con un gran valor y libertad, han amado y sostenido a mujeres con hondas experiencias religiosas.
Y seguimos con aquellos que: Valoran, acompañan, apoyan, editan, contratan, quieren…A tantas teólogas, a tantas mujeres espirituales de hoy. Gracias…

Teresa Comba O.P.

Teresa Comba, religiosa dominica (Congregación Romana de Santo Domingo), desde hace veintiocho años. Vive en una comunidad de inserción en un barrio madrileño. Nacida en Madrid, descendiente de familia de pintorxs y de un abuelo vinculado al mundo del cine, tiene una especial sensibilidad por la belleza y el séptimo arte, incorporando imágenes y películas a su modo de “predicar” hoy, carisma fundamental de su congregación. Estudió psicología y un máster de Terapia Familiar y de Pareja, en la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid y estudios eclesiásticos, en esta primera y en la Universidad de Deusto de Bilbao. Se formó en Eneagrama. Coordinó, junto a Joseba Segura, el libro: Itinerario para una Espiritualidad de la Ternura. Fue profesora de Espiritualidad en Efeta. Anima retiros y cursos de espiritualidad y de crecimiento personal.